ARTÍCULO·TRABAJO COMPULSIVO - SÍNDROME VACACIONAL - EMPRESA PRIVADA - EJECUTIVOS - FILOSOFÍA DE EMPRESA - CARENCIAS AFECTIVAS - DETERIORO PSÍQUICO

EL TRABAJO COMO ADICCIÓN

EJECUTIVO 2
SOBRE TODO EN EL ÁMBITO DE LA EMPRESA PRIVADA, EN LOS EJECUTIVOS

En la cuesta de septiembre, tras la explosión festiva agosteña, viene el reencuentro con el trabajo y quizá con eso que ahora llaman el síndrome posvacacional. Pero existe también, por raro que pueda parecer, el síndrome vacacional, el que afecta a quienes el 1 de agosto están contando los días que faltan para el 1 de septiembre, personas adictas al trabajo a lo largo del año y que no saben qué hacerse sin él. Conocemos el fenómeno del trabajador que siempre está buscando un pretexto para, digámoslo en lenguaje cuartelero, escaquearse, mas hay en el extremo opuesto un tipo de individuo que cada vez visita más al psiquiatra.

Bueno, algunos dirán que quienes no encuentran mejor forma de realizarse que trabajando a destajo están de psiquiatra. El trabajo es un aspecto básico en la vida, y los dos extremos son patológicos. Decía Gregorio Marañón que el trabajo se toma a veces como el bromuro o la aspirina y que, como estos, puede llegar a enviciarnos.  Es posible que a nada que se escarbe en las vidas de estos adictos se descubran carencias fundamentales. Un individuo con una vida equilibrada se toma el trabajo como lo que es, un derecho y un deber, un medio de ganarse el pan y desarrollar su capacidad para contribuir al bien común. Nada más.

De esta adicción dice Rafael Redondo en “Más allá del individualismo”  que “el individuo adicto al trabajo, ése que se autoidentifica como yo soy empresa, para diferenciar así su motivación especial para trabajar, invierte su vida en aras de una idea casi siempre etérea que, en el fondo, desvela su incapacidad para poder vivir de otra manera”. El trabajo acaba alienando cuando ejerce de coraza encubridora del entramado de afectos que se dibuja en cada vida. Quizá “afectos” suene a femenino, o sea, a debilidad que hay que evitar para estar bien visto en la sociedad de mercado, nueva religión de los ejecutivos y también a veces de sus subordinados. Pero, no nos engañemos con lo de femenino, cada vez es mayor el número de mujeres adictas al trabajo.

La adicción al trabajo puede definirse como aquella circunstancia en que lo que es un medio de subsistencia se convierte en un fin, aquella circunstancia en que el rico poliedro vital desaparece para dar lugar a una única cara. Es entre los trabajadores de la empresa privada donde alcanza su mayor nivel, pues que la estructura empresarial, con su culto al éxito individual, favorece el caldo de cultivo en que bracea la adicción compulsiva por el trabajo. El trabajador que quiera mantener o ampliar su estatus queda convertido en un cascarón, sonriente para afuera y vacío hacia dentro. Se produce un doloroso divorcio entre la imagen dada ante los superiores y los clientes, abundante en sonrisas fingidas, y la miserable situación psíquica resultante de la represión de todo aquello que se considera mal visto en la empresa. Algunos viven permanentemente instalados en este simulacro de vida, y para otros llega un momento en que el conflicto emerge porque no pueden seguir en la ficción. Se dan cuenta de que han estado tributando un elevadísimo coste afectivo en pos de una quimera, comprenden que no había pulsión de vida en lo que hacían, se sienten repentinamente vacíos y tomados por el pesar. La “filosofía de empresa” los había calado hasta los tuétanos, habían reprimido los aspectos de su personalidad que no iban en la misma dirección de la “personalidad colectiva de la empresa”.

A veces escuchamos a alguien decir que tiene su vida absorbida por el trabajo, y tendemos a pensar que su dedicación es una virtud. Solemos estar con frecuencia (no siempre, lo recalco en negrita), sin embargo, ante una persona que carece de un verdadero entramado afectivo en la familia, en las relaciones íntimas y en las amistades. Incluso si el trabajo es de los denominados “creativos,” cuando se toma a manera de droga señala alguna de esas carencias, porque la vida es más ancha que el trabajo. Ya se sabe: ocho horas para trabajar, ocho para dormir y ocho para el asueto. Más o menos. Disculpen, tal vez debería añadir “consejos doy, para mí no tengo.”

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