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EL CÓCTEL DEL DIEZ

SUBTÍTULO: “LA NUEVA RELIGIÓN DEL ANTIRRACISMO”.

Escribí en 2001 este artículo, uno de mis primeros, cuando había cuatro africanos en España. Decidí no publicarlo por si lastimaba a alguien. Pero ahora ha llegado el momento. Presento una versión reducida y con algunos cambios para darle un toque de actualidad.   

Dos cosas: esto, poco o nada tiene que ver con la inmigración mexicana: EL INTRUSO SERÍA TRUMP, NO LOS MEXICANOS      

Tampoco con la entrada de mujeres, como se comprobará al final.

Hoy, lo relacionado con el racismo es tabú, y muchos practicantes a ultranza del mismo hasta hace poco caen en el esperpento de figurar ahora ante la opinión como más antirracistas que nadie. O sea, hasta el punto de desembocar en el ridículo. Por ejemplo, los nacionalistas vascos (de derechas e izquierdas). Sí, han insultado inmisericordemente a sus hermanos españoles durante casi un siglo, incluso el mismo Unamuno en su juventud (después, confesó sus pecados, cosa que lo honra).

            Dijo Ortega que, “o se hace ciencia, o se hace literatura, o se calla uno”. Sentencia que más de uno deberíamos tener encuadrada en nuestra habitación o despacho para echarle un vistazo antes de cargar la pluma (esto de “cargar” va con intención, es lo que se hace con las armas). Tanto los liberales por encima de todo de antaño, como los antirracistas por encima de todo de hogaño, desembocan en la paradoja de la democracia absoluta, que es eso, una contradictio in terminis. Si es democracia, no puede ser absoluta, y viceversa.

          Según estos antirracistas absolutos España debería, no sólo hacer la vista gorda, sino incluso facilitar la inabarcable oleada de inmigrantes que llaman a nuestras puertas. Ahora bien, al parecer ignoran que podrían ser unos 300 ó 400 millones de seres humanos los que quieren escapar de un continente inhumano que empieza a 14 kilómetros de Andalucía. Veo africanos que asaltan las vallas de Ceuta y Melilla y que, tras conseguirlo, dan revolcones de alegría, como una consagración de que su violación ha quedado premiada. No lo puedo entender. Por cierto, todos son hombres.

          Pocas dudas albergo: si esas oleadas inabarcables entraran, sus propios jaleadores acabarían llevándose las manos a la cabeza… y terminarían, como suelen, en el extremo opuesto. Es mi teoría del corrimiento. En realidad, tras estas posturas no late, además de ignorancia, otra cosa que ganas de darse más lustre democrático que importancia Don Quintín en la horca. Y, en algunos, buena voluntad, pero sin discernimiento.

            El título avisaba (y avisa ahora) que los africanos tienen, en números redondos, una renta 10 veces inferior a la nuestra… ¡y una natalidad 10 veces superior! Es decir, un cóctel… explosivo. Desconozco si estos números se mantienen hoy; pero, si no, serán similares… o mayores. La insensatez de tantos políticos y periodistas es lamentable. Se trata de una inmigración en gran parte proveniente de países islámicos, es decir, de los enemigos mortales de Europa y, en el mismo sentido, enemigos mortales de los derechos de las mujeres. Sonroja ver a tantas españolas presuntamente de izquierdas defendiéndolos.

           LA CLAVE. Alguien lo habrá dicho, no me creo tan listo como para ser el único, pero aún no lo he escuchado ni leído: sólo una adecuada política de control de la natalidad puede resolver este problema, evitar un sufrimiento extremo a cientos de millones de personas, a miles de millones, si tomamos todo el mundo. ¿No estábamos en contra del matrimonio infantil? Es meritoria la labor de algunas ONG, pero mientras esa planificación familiar no asome, su labor no pasará del estadio del parcheo. De otro modo: ni un millón de Teresas de Calcuta y ni un millón de oenegés podrían paliar el sufrimiento como sí lo haría ese idóneo control de la natalidad. 

             Dicho todo esto, cierro así: yo dejaría entrar a las mujeres, pues ellas sí que intentan escapar de un verdadero infierno. A hombres, en dosis homeopáticas. Precisamente lo contrario de lo que vemos todos los días, salvo alguna maniobra de las mafias con vistas “a…”. Si la mitad de la mitad de la energía que se gasta en airear gestos del antirracismo por encima de todo se dedicara a corregir la espantosa violencia de género que padecen las mujeres, muy otro sería este mundo.

¿Ven, amigas, cómo no “era” tan fatxa y tan malo?

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