ARTÍCULO·Éxodo vacacional

¡PERSIANAZO!

Agosto, el vago agosto. ¡Persianazo!, y a buscar acomodo junto al salitre marino o al oxígeno serrano. No diré aquello del placer de alejarse que nos cantaba Machado, embutido en el traqueteo del tren, porque aquel gozo de ir viendo desfilar arbolitos y prados ha quedado en entredicho en la era de los trayectos salpicados de esas estaciones no deseadas llamadas “operación salida”.

Agosto agosta las ciudades y desplaza el vocinglero hormiguero humano hacia la playa y la sierra. ¡Persianazo! Y, ¡ay de usted si se le planta un dolor de muelas a finales de julio! Lo veo, como yo, en peregrinaje sudoroso por las consultas encontrándose en todas con esto: “Hoy no podemos y mañana cerramos hasta septiembre. Pero hombre, ¡no haberlo dejado hasta el último momento!” Como si la muela tuviera chivato incorporado y no osase hacerse notar sin previo y espaciado aviso.

Los que siguen pisando el asfalto cotidiano deambulan por calles que han perdido connotaciones de hormiguero japonés. A veces se cruzan en el escenario semidesierto fulano y mengano, y el saludo de rigor es ahora un “aquí no han quedado más que las ratas”, frase de ambiguo significado y que podría llevar al camino pedregoso de la suspicacia. La verdad es que las ciudades que se quedan en cueros en el éxodo vacacional (las no adornadas con la brisa marina, la sombra serrana o un casco histórico imán de turistas) adquieren en este vaguísimo tramo estival una nueva dimensión.

Así que el ciudadano que prefiere o no tiene más remedio que seguir fiel a su escenario urbano, descubre novedosas perspectivas. Para empezar, el tráfico se afloja un poco. Y el urbanita acostumbrado a la tribulación de un desfile sin pausa de chatarra, con su cochambre de humos y ruidos, encuentra una ciudad más vividera. Puede pasear sin demasiados sobresaltos y tomar una caña en la terraza a pie de calle, sin sentir tanto el olor punzante del tubo de escape y el martilleo del motor de explosión.

En esta paz relativa hasta las fachadas de las casas le lanzan un guiño: ésa de ahí, con sus desconchones; la de al lado, luciendo el lustre del lavado reciente. Puede que incluso comience a asomarle una sonrisa un poquillo malévola; claro, si su estadía es forzada, encontrará argumentos para transmutarla en victoria. Ya lo notamos consolándose de su celibato vacacional repasando los aprietos del vecino que lió los bártulos y metió la directa.

Sí, retenciones kilométricas en esos hornos rodantes llamados coches, llegada al hotel o apartamento cuya realidad es un pálido reflejo de lo prometido en la agencia de viajes, comida de plástico, pelea barriobajera para plantar la sombrilla playera con otros veinte que habían divisado el huequecillo en la misma ráfaga de segundo (igual que para aparcar el coche); y ya, de colofón, entregado al intento con visos de utopía de dormir en noches por encima de 25 grados y planeadas por el aguijón inmisericorde de los mosquitos. Así que la caña le produce al célibe vacacional forzado ese dulce sabor que da el adivinar las tribulaciones de quien se ha lanzado a una aventura prohibida para él.

Malos pensamientos. Pero quien renuncia a la espantada agosteña por vocación no los necesita para disfrutar. Su goce está limpio de envidias de patio de vecinos mal avenidos. Para él echar la persiana y perderse por las geografías turradas del bikini, el top less[1], las bermudas, chancletas y hamburguesas mareadas, no tiene por qué ser sinónimo. Hay otra manera de dejarse mecer por el vago agosto: vivir la ciudad sin la campana de mugre atmosférica y acústica que la tiene aherrojada el resto del año, y con todo el tiempo del mundo para darse el gusto de cosas que cuando la persiana está abierta son inalcanzables.

Nuestra religión vino ya con lo del “y el séptimo día descansó”. La cosa quedó ahí. Faltaba muchísimo para el sábado inglés, las vacaciones pagadas y los puentes con creciente vocación de viaductos. ¡Persianazo! Buen provecho a todos. A los que huyen de la ciudad como pareja de tortolitos enamorados de los lugares iluminados, y a quienes prefieren contemplar su querido puzzle de calles y plazuelas con los ojos supletorios de agosto. Tenemos derecho al descanso.

Pero a quienes hacen una mueca de desdén cuando les preguntan por sus vacaciones, con ese ademán del falso casto que rechaza el sexo sólo porque le es inalcanzable, una cosa: cuidado con el dolor ante el disfrute ajeno, que también podría dar dolor de muelas… ¡en pleno persianazo!

[1] En contraste, me cuenta mi madre que en su primera juventud, en nuestras señoriales playas cantábricas, además de vestir trajes de baño generosos en tela, no podían dar un paso fuera de los arenales sin cubrirse los hombros con una chaqueta. Allí estaba la policía para vigilar el cumplimiento de las buenas costumbres. Me refiero a la prohibición de estar sólo en bañador en el paseo o acera pegado a la playa o en las terrazas de cafetería en el mismo borde. ¡Lo que va de ayer a hoy!

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