ARTÍCULO·Marañón, Don Juan, turismo, deportismo

El Don Juan… ¡Y MARAÑÓN!

NOTA.- HOY, 19 DE MARZO DE 2018, SE CUMPLE UN AÑO DE MI PRIMER ARTÍCULO EN EL BLOG. TRAS ENVIARLO A LA PAPELERA, LO REPONGO. CREO QUE CONJUGA RIGOR Y AMENIDAD.          

           Hay muchas obras sobre el prototipo universal del Don Juan, pero sobresalen Tirso y Zorrilla. En los siguientes párrafos se va a comprender la exclamación del título. Antes, aclaro que el doctor historiador fue predicador y cumplidor del amor monógamo, el del objeto sexual superdiferenciado. Frente a esto, ve al Don Juan como el arquetipo de hombre cuyo objeto sexual es indiferenciado, que busca no a la mujer diferenciada, sino a la mujer como especie o sexo, lo que hace el animal macho con la hembra.

          Ya desde 1924 nos presenta un Don Juan que no es que sea homosexual, pero a quien rebaja su más preciada cualidad, ¡la virilidad! Un mito al que aplica su microscopio para deducir que “mucho ruido y pocas nueces”. Piensa el doctor que en el Don Juan hay abundosa aparatosidad y fachada, y poca substancia sexual. El tipo donjuanesco, para el Medicus Hispaniae”, digamos que lleva una vida sexual bien cortita. Coincide con la observación de Pérez de Ayala de que “la fauna donjuanesca de la literatura rara vez dejaba en hijos de carne y hueso huellas tangibles”. Y recurre a otro desmitificador, Grandmontagne, para asentir a la intencionada y tremenda afirmación de éste, que se despacha con un “al Don Juan le debe pocos aumentos la estadística inclusera”. ¡¡¡Olé!!!

           Lo que sabe del personaje, más que leído en libros, se lo han contado sus pacientes en la consulta. Sobre el aspecto exhibicionista del Don Juan incidirá de nuevo en 1940, para deducir que la ostentación escandalosa y deliberada es actitud propia del instinto donjuanesco, y que ese poner en el tendedero público los éxitos o más bien los presuntos éxitos amorosos, estilo del adolescente, desbarata su credibilidad ante el observador atento, porque “la condición inexcusable del grande amor es el misterio. Sólo en él crece la pasión verdadera”. Impecable.

         En todo esto subyace su idea, expresada ya desde “Tres ensayos sobre la vida sexual” (primera edición, 1926), del Don Juan como “turista del amor”, la más intencionada e incisiva de las alusiones del doctor tanto al donjuanismo como al turismo en su vasta obra. Frase con la que intenta desarmar, de un solo y certero golpe, ambos fenómenos y, de rebote, el deportismo”, ligado a ellos en la teoría del ilustre madrileño. El párrafo, que no tiene desperdicio, es éste: Como el turista que consume su vida de país en país, sin PENETRAR un solo instante en la vida recóndita de la ciudad o del paisaje, así consume su existencia el Don Juan, cuya definición más exacta sería esta de turista del amor. Turista y no viajero; esto es, el que da vueltas en torno de las cosas sin PENETRARLAS nunca”. Así que, igual que el turista es un sucedáneo del viajero, el Don Juan lo es del amor.

          Quizá no se encuentre en toda la obra del doctor una frase que rezume tanto desprecio por el Don Juan y por el fenómeno, nuevo y de realidad bien escasa en su tiempo, del turismo. Porque al llamarle turista del amor, quiere decirnos que el Don Juan no lo conoció jamás, y nos expresa, a la vez, que el turismo es tan postizo como el célebre burlador de mujeres. Sucedáneo del amor el uno, sucedáneo del viaje el otro.

          Don Pablo Bilbao Arístegui, sacerdote bilbaíno  de vasta cultura y que conoció a Marañón, me contó, poquitos años antes de morir tan anciano como lúcido, una anécdota, que sólo al calor de lo que voy contando se puede entender: en “La plasmatoria”, de Pedro Muñoz Seca y Pedro Pérez, hay una escena en la que el Don Juan saca la espada y pregunta retadoramente: “¿Dónde está Marañón?” Conmovedor.

          Para terminar, y sea la redundancia, dice que el peregrinaje del varón “normal” por el sexo suele terminar bien pronto, una vez encontrado su objeto sexual, mientras que el Don Juan prosigue como un turista dando vueltas sin arribar a una “dársena tranquila donde anclar su corazón”. Otra vez la idea de quien revolotea sin pausa en torno de las cosas, “sin PENETRARLAS nunca”. Nada nuevo. Porque el ayer y el hoy, con todas las diferencias de matiz que se quieran, se entrelazan. Los donjuanes de 2017 se valen de los nuevos recursos de la técnica para alardear de lo mismo que sus patéticos y retóricos antecesores literarios y reales. ¡Con cuántos ejemplos de amigos y conocidos lo podría ilustrar, si no fuera porque guardo el decoro de no airear intimidades!

PD.- He escrito así, en mayúsculas, “PENETRAR” y dos veces “PENETRARLAS.” Es iniciativa mía, para que los lectores capten mejor su intencionalidad. 

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