ARTÍCULO

UNA BURLA: TERRORISMO INTRAMUROS

NOTA PRE.-  ¿Cuántas van, 45? No he escuchado noticias desde hace horas, ¿alguna más? Pero, ¿cuántas miles han sufrido malos tratos sin llegar hasta el final? Definí este fenómeno siniestro tal como se lee en el título, porque es una burla hacia las víctimas la manga ancha que se observa (y más el año en que lo publiqué). El terrorismo intramuros (doméstico), junto a sus afines violación y violación crónica (trata y matrimonio infantil) es sin duda el que a más personas afecta en el mundo, a distancia sideral de los demás. Publicado en El Correo (Bilbao, 31 agosto 2002), Diario Vasco (San Sebastián, 31 agosto 2002) y Diario de Burgos (3 septiembre 2002).

 

          El viernes 23 de agosto fue en Basauri, el martes siguiente en Valencia y Daimiel. Antes, en otros muchos lugares, acá y allá, y para cuando este artículo vea la luz la infamia que no cesa no sabemos si habrá aumentado su estadística con un nuevo caso mortal. Lo que sí sabemos es que seguirá propinando sus dentelladas a las víctimas, esas otras víctimas olvidadas. Porque parece que la conciencia social sólo se estremece cuando las cosas llegan hasta el final. Pero para entonces, para cuando una mujer muere a causa de los malos tratos  a manos de su esposo o compañero, ¡cuántas veces no es sino la crónica de una muerte anunciada, tras años de soportar todo el arco de vejaciones, las físicas y las otras! La sociedad se siente sacudida por la noticia de esa brutalidad. Y está bien que así sea. Lo que no está nada bien es que se toleren las agresiones que no llegan hasta el final físico de la víctima, pero que son un via crucis interminable.

          En intensidad ganan los malos tratos con resultado de muerte. Ahora bien, en extensión el verdadero problema es el de esos desgraciados que no las matan, pero convierten en un infierno sus vidas. Seres despreciables, resentidos contra todo y contra todos, que encuentran en el cuerpo de su esposa o compañera campo libre en el que derramar la mala leche que no pueden soltar en el trabajo o entre los amigos. El fracasado sin resortes éticos (algunos dirán que es un oprimido) se convierte en opresor de su mujer, compañera o cualquier mujer que encuentre a mano (nunca mejor dicho lo de “a mano.”). Es lo más fácil.

          Estuvo el lehendakari en la concentración de protesta de Basauri, cosa que lo honra. Y allí animó a las mujeres a denunciar los abusos. Bien, es lo que debe decir, pero denunciar cuando la denunciante no está convenientemente protegida resulta que puede agravar más, si cabe, su lastimosa situación. Porque la amplitud de manga hacia estos delitos gravísimos rebasa todo lo razonable. Lo hemos visto en el caso de Valencia, donde una larga serie de denuncias no ha servido para nada. Es éste un terrorismo que afecta a muchas personas, y da la sensación de que las energías de policías y jueces no se emplean como es debido.

            Sacudirle a la parienta viene a ser un deporte de barra libre, y si se llega al final, entonces sí, por un momento surge un gesto de desaprobación en la sociedad; claro, aquello de “la maté porque era mía” es una exageración, oiga, es llevar demasiado lejos los pantalones. Sacudirla de vez en cuando, pase, pero liquidarla, eso son ya palabras mayores. La frase “mi marido me pega lo normal” ha hecho una fortuna inquietante. Igual que es inquietante la arraigada creencia de que todos los trapos sucios han de lavarse en casa. De casa adentro, cada cual se las apañe, se dice. Sirve esto para las familias comunes. Pero darle categoría universal equivale a no querer enterarse de que en algunas casas la ropa “se lava en sangre”.

          Al juez que larga a la calle a uno de estos canallas habría que pedirle cuentas (muchas veces son mujeres). Y no vale escudarse en que si la ley dice esto o lo otro. La ley admite grados de interpretación. Y, si no, habrá que decir que es manifiestamente mejorable y cambiarla. Se columbra a pie de calle un sentimiento generalizado de que ante delitos de esta gravedad (y ante los referidos a las agresiones sexuales fuera de la pareja) los culpables gozan de una impunidad hiriente. Percepción que gana terreno en los países donde el sentimiento democrático acaba convertido en una cara del poliedro omnipresente de la burocratización. No es de recibo que un maltratador de oficio pueda campar a sus anchas, y menos que el ordenamiento jurídico de una democracia lo resguarde del castigo contundente que merece. La democracia lo sería más de verdad si no permitiera estos abusos intolerables. La idoneidad del sistema de libertades no ha de consistir en ser un coladero para los elementos indeseables.

          Por ese camino el hartazgo de las personas dignas irá subiendo de tono. Hay una perversión de la idea del garantismo cuando quien no tiene garantías de conservar su integridad es la víctima. Es de todo punto inadmisible y antidemocrático que los torturadores de sus esposas o compañeras puedan escenificar su pieza de terror durante años, sin una denuncia, y que, cuando la hay, los jueces hagan mutis por el foro o los pongan en la calle casi instantáneamente.

         Una de las características de los agresores es la reincidencia. Así que dejarlos en libertad supone darles un cheque en blanco para que sigan haciendo lo mismo, porque su vesania no tiene fecha de caducidad. Desde luego que son enfermos, aunque llamarlos así con el tono condescendiente con que lo hacen algunos no es, en el mejor de los casos, más que una senilidad. Senilidad con cargo al cuerpo de la mujer. Anida entre nosotros una especie presuntamente generosa y garantista a machamartillo cuyo rasgo distintivo es que ve siempre los toros tras la barrera, a cubierto de las cornadas. Pero las cornadas existen, y cuando no matan, hieren, martirizan.

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